lunes, 22 de abril de 2013

Soliloquio.

Y un día comprendí que no era desprecio ni mucho menos fastidio. Simplemente, ya no había amor.

martes, 9 de abril de 2013

Marchen, a mí no me interesa.

Y así es, sin tanto alboroto. No pienso tomar ningún bando político acerca de las marchas, o encerrarme en la discusión de si sirven o no. Simplemente me quiero referir a la falta de tolerancia (y de razón) que hay por parte de las personas que organizan y participan en cualquier tipo de marcha. «Si no marchas estás en contra de la paz», «Si marchas estás a favor de la guerrilla» son algunas de las expresiones que se escuchan en torno a la marcha por la paz del 9 de abril. Se ha convertido en una obligación ir a marchar y no en una forma de protesta o un medio para que el pueblo se haga escuchar, sea el 'bando' que sea. 

Lo más triste es que no sólo se ha convertido en una obligación marchar, también en un pecado que se castiga con rudeza. Ya no sólo tiene tintes obligatorios sino también religiosos (Aclaré que no iba a hablar de los tintes políticos de cada marcha) convirtiendo a las marchas cada vez en algo más molesto, cansón, excluyente (cuando debería ser todo lo contrario) y polarizado. 

Sin embargo, me parece más patético aún los que marchan sin saber por qué o coaccionados por otras fuerzas con el ánimo de dañarle a los demás su convicción de marchar. Y ni hablar de los que marchan por sentirse mejores personas que los demás, por mostrar en apariencias lo que en realidad no son, por publicar una foto y que todos se den cuenta que con eso salvó al país. Esos tienen mi más profundo repudio y lástima. 

Lo que muchos marchantes no saben es que no hay mejor oportunidad que en las marchas de mostrar el civismo, que en realidad el pueblo está unido por una sola causa y que necesita ser escuchado y no vapuleado. Pero al contrario de esto, los marchantes (no todos) aprovechan este espacio para sacar lo más despreciable de sí mismos. «Adornan» la ciudad con frases trilladas, dejan basura por doquier, orinan en cualquier árbol y cuando se torna la cosa violenta es peor aún, pues los damnificados no son otros sino los dueños de establecimientos públicos y casas por donde pasa la marcha. 

Señores organizadores y participantes de marchas, no es obligación marchar, hacerlo no nos hace mejor personas y con sólo marchar no lograrán que todo se solucione. Es un acto civil y el que desee participar lo hará sin necesidad de que alguien lo esté empujando. El que no desee participar lo hará por pereza, porque no cree que la solución esté en la marcha, por un millón de motivos más o porque tiene cosas más importantes que hacer. Entonces, viva su libre derecho a la protesta y a marchar sin obligar ni mucho menos condenar a quien no quiera hacerlo.

Marchen, háganlo por convicción propia, por sus creencias pero a mí déjenme quieta porque simplemente no me interesa. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Hablemos de putas.


Putas, rameras, zorras, meretrices, fufurufas, prepagos, furcias, hetairas, mesalinas, suripantas, prostitutas. Y no acaban ahí los sinónimos para los profesionales de la carrera más antigua del mundo, la prostitución. Odiadas por muchos y amadas por otros, las prostitutas, durante toda la historia, han sido clave importante en el desarrollo de muchas actividades que nadie se atrevería a pensar que estuvieran relacionadas. ¡La prostitución es la base de todo!

Pero vamos más allá. El término prostitución no sólo se refiere a la transacción comercial de vender servicios sexuales a cambio de dinero o de otro bien. Alguna vez en la vida todos (sí, todos) hemos sido prostitutas, y si no, no demoran. «Exhibir para la venta» es la definición etimológica de la palabra «Prostitución», y alguna vez no hemos vendido por más comunistas de cartón que seamos. De esta definición deducimos que sólo es una transacción comercial y que no hay sentimientos ni afección de por medio y que por lo tanto cualquier persona que vende sus servicios profesionales (no sexuales) sin importarle o por causas indignas también es una prostituta (o). 

Pero no se incomoden, eso no es nada de otro mundo. Más bien, es bastante de este mundo. Ser prostituta siempre ha tenido una connotación bastante negativa, pero, ¿en realidad es tan malo como nos lo han hecho creer? No me enfocaré en responder una pregunta tan personal y que no tiene una respuesta única o verdad absoluta. Espero todos tengamos opiniones diferentes al respecto. Sin embargo, y de manera bastante soez, en la prostitución siempre hay «alguien clavando y otro clavado». Y no, no estoy hablando de sexo. 

Por ejemplo, su jefe puede ahorrarse unos pesos pagándole una suma irrisoria por sus servicios profesionales (que tanto le costaron), pero a usted le es indiferente simplemente porque necesita el dinero o porque sí. De igual manera, si sus convicciones y valores van en contra del trabajo que usted realiza pero gana bastante dinero, también querido amigo se está prostituyendo. Nada más es ver estos abogados de patriotismo arraigado y protectores del ambiente que trabajan en empresas mineras y petroleras multinacionales por un salario que jamás ganarían en una empresa del territorio donde nacieron.

Pero no les parecerá muy terrible esta forma de prostitución porque su pudor y honra no se ven comprometidos en situaciones tan indecorosas como vender sexo. Y ahí es donde no estaremos de acuerdo amigo lector, pues me parece más vergonzoso vender servicios profesionales que sexuales. Y entonces, ¿es usted una prostituta?

lunes, 4 de febrero de 2013

¡Mojigatos!

Se esconden detrás de una máscara de santidad y de buenos valores. Las buenas costumbres son su estandarte y aman a Dios sobre todas las cosas. Se escandalizan con sólo escuchar nombrar las «partes íntimas» como si ellos no las tuvieran. El escote les produce escozor y los «descaderados» son un invento del Diablo. Pero en realidad son otra cosa. Su comportamiento en la oscuridad, allá donde muy pocos los ven y los pueden criticar, llevan un actuar digno de respetar por las más famosas rameras de proporciones bíblicas. 

Y la cosa no queda ahí. Dan clases de moral donde quiera que vayan y la hipocresía es el pan de cada día. Los sermones son el postre y siempre andan con la cabeza baja y con el crucifijo en mano. ¡Miedo hay que tenerles! Su descaro y sinvergüencería no tiene límites. Calígulescos seres beatos de parafilias ocultas. 

¿Por qué no mostrar nuestros deseos sexuales? ¿Por qué esa máscara de santos? Porque estamos dominados por un puritanismo que ni son ni ton. Somos seres influenciados  por las más oscuras pasiones y deseos, con ganas de una satisfacción solaz que avergüenza mostrar. Y muy triste, ya que al fin y al cabo con tanta mojigatería no disfrutarán completamente del apetito carnal más delicioso, el tener un cuerpo desnudo al lado del propio en igualdad de condiciones. De ahí pa'lante, lo que la imaginación nos proponga realizar. 

Huya de la gazmoñería, no sucumba ante ella y sobre todas las cosas, no confíe en el pudor de su pareja. Para algo son pareja, para dejar ese pudor en el clóset y no debajo de las sábanas. Nada de pijamas medievales artísticamente elaboradas para dejar sólo una abertura al pórtico de Himeneo, como diría el gran Marqués de Sade. A un lado las presiones que más que sociales, son religiosas, inculcadas por la moralidad de una iglesia que tiene de todo menos moral. 

Reflexionemos un poco: el sexo no es sólo para reproducirnos, también es para disfrutarlo, sentirlo, gozarlo. La sensualidad y el erotismo son de las cualidades más majas que el ser humano posee. ¿Por qué no explotarlas así como explotamos cualidades menos valiosas?
Seamos calientes, candentes, apasionados, carnales, impetuosos más no vulgares. Al igual que con la comedia, la ramplonería y la ordinariez, no nos hace cómicos y mucho menos eróticos. Hasta para el sexo hay que tener estilo. 

¡Clítoris erguidos! ¡Falos erectos! Que la mojigatería no sea un hecho.

lunes, 23 de julio de 2012

Una vida ahora y no después.

Estamos en el paraíso, no tengan duda de eso. El problema es que llegamos al paraíso y lo volvimos un infierno, literal. 

Tenemos conocimiento seguro y no por actos de fe que la única vida que tenemos es esta, la que estamos viviendo o malviviendo en este preciso instante. Entonces, ¿por qué tenemos que mortificarnos y desperdiciar esa única vida de la que estamos seguros para llegar a una eterna de la que no tenemos certeza? En serio, la vida es muy corta como para no saberla aprovechar. Deberíamos ver esa única vida segura que tenemos como un Dios [En este caso una diosa], a la que le pedimos y por la que hacemos. A la que veneramos con la esperanza de que nos devuelva con creces todos nuestros actos. Karma que llaman. Cada quien es responsable de sus acciones encaminadas a tener una muy buena vida para que cuando tengas que dejar el paraíso lo hagas con la frente en alto y sin desperdicio, solo corpóreo. 

Es imposible que éste no sea el Edén del que nos hablan en La Biblia [Abandone aquí cualquier creencia religiosa que usted tenga en base a La Biblia y mírela como un cuento]. Tiene todo lo necesario para serlo y tal como pasa en El Génesis no lo sabemos aprovechar. No les vengo a echar cantaleta de lo qué tienen y no tienen qué hacer, cada quien vive su vida como le plazca y como más le parezca conveniente. Pero de algo sí estoy segura y quiero que lo sepan, preocuparme por llevar una vida de alabanzas para llegar a un paraíso que no sé si existe no es mi meta en la vida. Ni siquiera una preocupación. 

Lo difícil es no alcanzar a ver todo este paraíso completo porque grande sí es. Apropiarse de un espacio y hacerlo nuestro es una forma de vivir en el paraíso, de disfrutarlo. Complicarnos por cosas inexistentes, en cambio, es una forma de arruinarlo. Me imagino que sabrán por qué digo que estamos en el paraíso pero lo convertimos en un infierno. No todos tienen la capacidad de vivir ese paraíso sencillamente porque para algunos el paraíso lo compone el dinero. Que lo digan las multinacionales.

Por eso, mi vida es ahora y no después. Por eso intento disfrutar cada momento así sea leyéndome un libro en el parque del Planetario Distrital. De lo único que estoy segura es de que si no lo hago ahora tal vez cuando llegue el momento de dejar este cuerpo me arrepienta por toda una vida desperdiciada y me quede "viendo un chispero" porque después de esta no hay más nada. 

Ya puede volver a ver La Biblia como siempre la ha visto. 

viernes, 6 de julio de 2012

Pero, ¿qué carajos les pasa a los "críticos"?


No entendieron el significado de la palabra 'crítico' o no lo valoran. Twitter se ha convertido en una herramienta significativa para entender a muchos de los "críticos" que solo leíamos en periódicos. Ahí tienen a Vladdo, una decepción como persona. Fanático de un solo tema [Uribe] que al igual que su tan criticado expresidente, se ve como el mesías de la crítica política colombiana. No son muy diferentes la verdad. 

El problema es que no le tienen placer a la crítica. Claro, es maravilloso cuando coges tus instrumentos de crítica, te inspiras y de tu cabeza y dedos salen las palabras que para ti son el culmen de tu trabajo. Pero, ¿qué pasa cuando otro hace ese mismo trabajo cuereando el tuyo? Ahí ya no es tan maravillosa la crítica. Ahí se convierte en un ataque, en una persecución, en un acoso. Ahí es cuando no se lee el trabajo del otro porque demerita el mío y se recurre a atacar sin bases ni fundamentos. Yo entiendo, a nadie le gusta que le digan que está mal. Nos pesa el orgullo. 

Parafraseando a Ángel Rama, [Crítico latinoamericano que traspasó las fronteras de la crítica literaria] la crítica es un ejercicio intelectual creador que funciona como eje de articulación. De nada sirve la crítica si ésta misma no se critica. He ahí el meollo de asunto. En Colombia, los críticos se creen en un pedestal, que lo que ellos dicen es palabra santa y por lo tanto no hay derecho a hacerles ningún tipo de aclaración ni de discusión, mucho menos un reclamo. Se les olvidó a estos "ilustres representantes" del pensamiento crítico colombiano que no todos pensamos igual y que no todos tenemos que estar de acuerdo entre todos. 

¿Se imaginan? Todos de acuerdo, lo que dice uno es la verdad absoluta y hay que seguirla como borregos porque "ajá". Yo no me imagino un mundo donde no haya espacio al debate, a la discusión, a la contraposición de opiniones. Obvio, hacer crítica no es fácil y debatirla menos. Menos, cuando lo único que hacemos al no estar de acuerdo es atacar a punta de groserías porque así nos defendemos mejor. Discutir no es lo mismo que pelear y para decirnos las cosas en las que no estamos de acuerdo no es necesario argumentar desde planos personales. Con enfocarnos en la hipótesis de la crítica es suficiente.

Cualquier Daniel Samper Ospina, Adolfo Zableh y Luis Cifuentes parecido con la realidad es pura coincidencia. 

Espero sus críticas porque para eso estamos. 

martes, 6 de marzo de 2012

Algunos apuntes personales sobre el regionalismo.

Desde pequeña no me ha gustado la palabra regionalismo. Debe ser por el estigma que creó la violencia sobre la gente de Barrancabermeja, de donde soy oriunda. Cada vez que íbamos de vacaciones con mi familia a cualquier parte del país, las miradas dicientes no se hacían esperar. Miradas acusadoras que se enmarcan en un "pueden ser guerrilleros" o "pueden ser paracos", dependiendo del grupo armado ilegal que tuviera bajo su yugo a la región. últimamente, he visto cómo ese regionalismo se toma cada vez más y más la mente del colombiano promedio. Expresiones como "costeños mamaburras", "Cachacos desabridos", "Pastusos brutos", "Opitas perezosos" etc., inundan las redes sociales, columnas periodísticas y el diario vivir de una nación que más odio no necesita. 

Y ese es mi segundo punto en contra del regionalismo. Un país que se encuentra dividido por posiciones políticas fundadas en el odio a sus opositores y expresada a través de insultos, no necesita que nos odiemos ahora porque si somos del norte, sur, oriente u occidente. Ahora sólo basta con ser uribistas o no para odiarnos unos a otros. 

Peor aún, es cuando este regionalismo traspasa cualquier tema, con el fin de sembrar más riñas y asperezas entre sus coterráneos. Ya el fútbol es víctima de regionalismo tontos. Como si no fuera suficiente que se mataran los hinchas los unos a otros por el color de una camiseta, por una pasión, que yo también siento, pues soy amante ferviente del fútbol y me duele ver cómo lo que debe ser un espectáculo para disfrutar se ha convertido en una pelea más a causa del lugar de origen del equipo. 


Lo que más me preocupa en sí, es el racismo que se desprende de ese regionalismo. Racismo que desde siempre nos ha acompañado y del que  todavía estamos lejos de desprendernos. Nos enorgullecemos de la diversidad colombiana, pero no la respetamos. Ni nos molestamos por disfrutarla. O, ¿es que esa diversidad que tanto defendemos es la que tenemos en una sola ciudad, en una sola región? Muchos comentarios son utilizados con ánimo de ridiculizar y hacer mofa sobre el color de piel de los "paisanos" y su lugar de procedencia, aireando aún más la violencia entre los mismos. Viajen, conozcan esas zonas del país de las que tanto despotrican, pero que son hermosas, con gente cálida que siempre está dispuesta a tenderle la mano. 


Dejen de creer que una ciudad o región es mejor que otra. Ya sea costeño, santandereano, chocoano, paisa, cachaco, valluno, pastuso, opita, caucano, tolimense, llanero, amazónico, isleño, indígena o de cualquier parte del territorio colombiano, todos comemos la misma mierda que nos sirve Colombia.